
Y allí estábamos. Al final de una conversación que terminaría con el surco dejado por la ceniza de un cigarro en alguna parte de mi pantalón. Nunca llegábamos a nada más. Empezaba a estar ciertamente cansado. La miraba de soslayo cuando ella creía estar viéndome de perfil, y he de decir que esa figura entre sombras con las piernas cruzadas y esa pose con el cigarro le daba un toque de película de los cuarenta. Todo lo demás era absurdo. Un viejo reloj de pared señalaba las ocho menos cuarto de la tarde. La noche empezaba a caer, si es que no había caído ya, pues las persianas en aquella casa siempre estaban bajadas. Seguía hablando sobre todo el mal que le había hecho. Yo, con mi gabardina aún puesta y el sombrero sobre la cabeza, escuchaba impasible. Todos los días la misma cantinela. Le había destrozado su vida. Pobre infeliz. Jamás tuvo vida para poder ser destrozada. Seguía mirándola de soslayo y ella... ella me miraba de perfil. Jamás tuvo vida. Llevaba tanto tiempo con ese cruce de piernas y ese cigarro en la mano que se le había olvidado que jamás tuvo vida. Le dio una calada a su cigarro. Yo seguía al final de la habitación, con mi sombrero y mi gabardina perfectamente puestas, ojeando el periódico del día. –Me has destrozado la vida- repetía constantemente. No se salía nunca de esas cinco palabras – Me has destrozado la vida-. Para quien no esté acostumbrado esa sonatina parecería eterna. Sólo paraba para dar caladas a ese cigarro que siempre se le consumía en la mano y siempre reaparecía para volver a ser consumido. Yo ya estaba acostumbrado. Eran muchos años de aguantar con el sombrero y la gabardina aún puestas que terminara su cigarro y se fuera a dormir. En el fondo me daba pena. Siempre fue un ser infeliz, una demente que no encontró su camino. El whisky sabe mucho mejor en soledad, cuando la luz de la noche entra por las rendijas de las persianas y el reloj de pared parece que retumba dando pasos. Ven, ya me ha manchado el pantalón. Ya lo dije en la primera línea que esto terminaría así. A decir verdad ya no la miro de soslayo. Sabía que esto iba a ocurrir y me lo esperaba con cierta inminencia. Nunca llegamos a nada más. Cada vez que me quema el pantalón con la ceniza rompe a llorar con un llanto desconsolado.
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